Archivo mensual: junio 2010

Saramago. In Memoriam

Ayer fue un día triste. Murió José Saramago. Escritor. Premio Nobel de Literatura. Un hombre inigualable. Un hombre que no se doblegó. Que nos hizo pensar.

Dejó escrito que “sería bueno que cuando nos hacemos adultos lleváramos de la mano al niño que fuimos y éste nos dijera, cuando fuese necesario, no hagas esto ni aquello”.

Y decía de sí mismo que ”de gurú no tengo nada por algo muy sencillo: los gurúes no tienen ninguna duda, y yo tengo todas las dudas del mundo, las mías y las de los otros”.

Y sin embargo supo invitarnos a cerrar los ojos y ver a través de sus personajes, aunque estuvieran ciegos. Y supo defender como pocos la lucha por recuperar la lucidez en un mundo insolidario y lleno de crueldad. Apelar a los afectos como única arma válida.

Desde ese estado de duda permanente obró “el prodigio de poner de acuerdo, al menos por una vez, a los irreductibles hermanos enemigos que se llaman Islamismo, Cristianismo y Judaísmo” en un clamor de indignación contra él por atreverse a expresar negro sobre blanco la idea de Dios (o Alá, o Yhavé) como problema, como piedra en medio del camino.

Saramago supo mostrarnos a dios como agente de desunión entre los seres humanos, como pretexto para el odio. Como coartada para el asesinato. Como Padre Todopoderoso protector y Juez que absuelve las peores atrocidades cometidas en su nombre. Nos mostró sin edulcorar y en un tono de humor exquisito al dios ególatra, sanguinario, justiciero, cruel y vengativo que castiga a Caín a vagar por el mundo hasta el fin de los días, a la mujer a parir con dolor y al hombre a ganarse el pan con el sudor de su frente… el dios que bendice  y declara santas las guerras si son en su nombre.

Era Saramago ateo. Manifestó abiertamente su convencimiento de que no había nada después de esta vida. Pero yo desearía que estuviese equivocado.

Y así espero que esté ahora sentado frente a él, en cualquier recoveco del universo, cantándole las cuarenta a ese dios que permite responder a cañonazos contra las piedras que tiran desesperados los paisanos de su hijo Jesús. Espero y deseo que le esté pidiendo en nuestro nombre, como sólo él sabría hacerlo, explicaciones por todos los muertos que en su nombre han sido. Por el que se inmola invocando su nombre en árabe y por el que, aterrado, tras su muro de hormigón, bajo la estrella de David o el crucifijo le dispara a su hermano y viola su casa, a su madre o a su hermana. Por los millones de niños que mueren de hambre. Por los cientos de miles de mujeres violadas. Por quienes sufren la tortura a manos de salvajes que nos quieren proteger de no se qué otros salvajes. Por el terror de miles de niños soldados y niñas prostituidas. Por quienes explotan y trafican con otros seres humanos. Por el dolor de las madres que pierden a sus hijos. El de los hijos sin madres.

Ojalá esté Saramago equivocado y le pueda preguntar a dios, con la religiosidad que sólo un ateo puede expresar, con la insolencia del caín de su última novela “¿Quién eres para poner a prueba lo que tú mismo has creado?”.  Y lo saque del ensimismamiento en el que lleva siglos postrado.  Y lo obligue a volver su mirada hacia nosotros. Que para algo lo hemos creado.

Ayer fue un día triste para mí, pero me consuela imaginar a Saramago, después de esa conversación con dios, paseando libre, ya sí, de la mano del niño que fue.

Descanse en Paz José Saramago. Premio Nobel de Literatura. Pensador y hombre que no cejó en la búsqueda de un mundo más justo, menos cruel  y más solidario.

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