Bailando en silla de ruedas.

Otro año más se ha celebrado la “Feria Internacional de los Pueblos”. La conozco desde su primera edición. Creo que no he faltado nunca a la cita de cada primavera.

Me encantaba cuando nació. Pero, no sé, estos últimos años este “montaje” me provoca sentimientos encontrados.

La exaltación de lo nacional, la mera exhibición “folklóricogastronómica” y el negocio puro y duro parecen empezar a desplazar la idea inicial de la convivencia entre pueblos, la fusión, la mezcla… Llevo tiempo dándole vueltas pero no consigo aclarar bien mis pensamientos, mis sentimientos. No encuentro las palabras para ponerlos negro sobre blanco en esta bitácora y compartirlos contigo amable lector o lectora, si es que existes.

Ayer, cuando la feria casi tocaba a su fin , cuando todo el mundo andaba casi de recogida, cuando casi andaban los administradores de las casetas haciendo balances y cuentas me fuí a dar una vuelta, a ver qué me encontraba.

La lluvia imprimía una pátina especial al colorido de trajes y caras de cansancio. Las músicas salían por puertas y ventanas pugnando por imponerse a la de la caseta de enfrente. El olor de los asados ya invitaba bien poco a comer (cada vez hay más “kebab”, “bocatas” y otras “fast food” pero menos comida “de verdad”) . Ruido, mucho ruido. Y ambiente de retirada. Botellas y vasos vacíos. Restos de comida sin recoger, bolsas, …

Oía trozos de conversaciones que opinaban sobre la alegría de los nacionales de no se qué país, lo tristes o poco marchosos que son lo de no se cual o lo bien que se come aquí y lo mal que comen los de allá, cómo hacen la carne los tales y lo rico que está el té con pastas de los cuales…

Estaba a punto de irme más decepcionado que nunca de esta feria que tanto me gustaba hace años, Viejo TICtiritero, cuando “el silencio” de una caseta me invitó a entrar: NORUEGA.

Un conjunto tocaba una música suave, nada estridente. Mesas limpias, como recién estrenadas. Flores sobre las mesas, frescas, como recién cortadas. Un puñado de jubilados nórdicos. Y lo que más me impactó, la señora mayor que bailaba y acaparaba la atención de todo el mundo. No pude resistirme a grabarla y hacerle este sencillo homenaje en mi bitácora.

En mi largo recorrido por esos caminos del mundo, pocas veces he visto a alguien romper tantas ideas preconcebidas con un acto tan simple como bailar.

Me marché de la feria reconfortado. Al fin y al cabo reencontré el hilo para mis reflexiones. No se trata de países, ni nacionalidades, ni etnias, ni culturas, … el centro de todo son las personas, cada persona, con sus infinitas identidades y pertenencias, con su modo de ver y entender la vida, con su peculiar, única e irrepetible singularidad.

Esta señora me ha mostrado que la alegría de vivir no tiene edad, ni nacionalidad, ni depende del dinero, ni tan siquiera de “la salud”.

La alegría de vivir sólo depende ” DE LAS GANAS QUE TENGAS DE VIVIR”.

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2 Respuestas a “Bailando en silla de ruedas.

  1. Amigo, perdóname si mi comentario suena poco “polite”, pero es lo único que se me ocurre en estos momentos para expresar mi admiración: CON DOS COJONES!

    Yo, que tiendo a la melancolía en los días impares, me descubro ante este baile rodado y esa expresión de chulería en la mirada.

    Saludos y gracias por ponernos las pilas!

    F.

  2. Alucinante!

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