Archivo mensual: mayo 2012

De la alegría de vivir, por negro que esté el futuro.

Tengo la enorme suerte de trabajar en algo que me encanta.

Entre las muchas cosas que se supone que tengo que atender en mi “día a día” está la de colaborar con profesorado que se “embarca” en historias… digamos que “poco convencionales”  con su alumnado.

Hace algún tiempo, el jefe de estudios -Juanma-  y una profesora – Victoria- me llamaron del IES Victoria Kent  para pedirme ayuda, consejo, colaboración, en el montaje – puesta en escena – que querían realizar los chicos y chicas de 2º de Bachillerato como despedida del centro.

Muy pronto muchos/as de estos muchachos y muchachas se van a enfrentar a las pruebas de selectividad para intentar acceder a la carrera universitaria que tienen más o menos decidido realizar. Algunos/as intentarán empezar a abrirse paso en el mundo del trabajo. En cualquier caso, hasta aquí han cubierto una etapa de su vida que culmina con mayor o menor “éxito”.  La vida irá llevando a cada uno, a cada una, por senderos que ni se imaginan que puedan existir. Y así, a partir de ya, con el final de este curso, tras compartir años de colegio e instituto se separan.

Querían dejar huella haciendo algo juntos/as. Querían hacerlo para  marcar de forma creativa y simpática este final de etapa. Les sugerimos la realización de  un flashmob en el centro comercial que hay cerca de su instituto. Les encantó la idea. Se pusieron manos a la obra, bordaron su interpretación y aquí está el resultado, al final de este post, en video insertado en youtube. Video que no habría sido posible sin la colaboración de mis compañeros @mappo @javiergvaldivia y @jcmguerrero. Y la muy especial aportación de Noé, alumno del instituto que se encargó del sonido.

En estos tiempos que corren, donde los augurios son tan negros, compartir un rato con gente joven y llena de ilusión por hacer algo es todo un lujo.

Sólo me queda agradecerles que contaran conmigo para su “performance” y desearles que por malos que les vengan los vientos, por negro que les pongan el futuro los wert y compañía, no pierdan la alegría, el empuje y la ilusión. Que pongan el mismo empeño en prepararse para su futuro y en todo lo que hagan como han hecho en esto. Que tengan mucha suerte… Que dentro de 20 o 25 años, cuando se junten para conmemorar el típico aniversario de su promoción, sólo tengan cosas buenas que contarse. Que puedan ver este video de nuevo sonriendo orgullos@s de NO haber sido la generación perdida en que quieren convertirl@s. Que puedan disfrutar diciendo que se rebelaron contra ese destino  y vencieron.

Y que tengan un recuerdo cariñoso para este viejo TICtiritero que para entonces ya será mucho más viejo aunque, si la fortuna le da fuerzas, procurará seguir en el camino.

Puedes disfrutarlo en alta definición (hasta 720 p)
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A propósito de la crisis. Regreso a mis orígenes… ¿o será que me hago viejo?

Siempre he sido ave de vuelo al frente, TICtiritero en constante camino, poco dado a volver la vista atrás. Cuando me marcho de un sitio raramente vuelvo. Disfruto el presente, con la gente con la que estoy en el momento. Comparto con ellos mi vida, mis alegrías, mis penas, y cuando toca cambiar de rama alzo el vuelo.

No es que no recuerde con cariño a quienes ya no están, o a quienes quedaron lejos. No, no es eso. Pero así vivo. Y he sido feliz hasta ahora sin demasiadas añoranzas ni miradas al retrovisor.

Hace unas semanas un viejo conocido me localizó a través de una de esas endiabladas redes sociales. Hacía más de 35 años que no teníamos noticias el uno del otro. Le daba mucha alegría haberme encontrado, comprobar que sigo vivo (a mí también, claro). Me invitó a participar en un grupo que habían creado como punto de encuentro de todos los que alguna vez habíamos compartido aquellos tiempos, aquellos espacios. Acepté. Y empecé a encontrar detrás de barbas blancas, calvas ilustres  y barrigas prominentes algunos rostros que me eran familiares.

Arrugadas, ajadas que diría el poeta, se  plantaban en la pantalla de mi ordenador caras de quienes en un tiempo participaron de mis aventuras infantiles y rieron, lloraron y soñaron que cambiarían el mundo. Me ha emocionado el reencuentro con algunos. Me ha traído a la memoria esa parte de mí que yacía olvidada en algún cajón oculto de no se que parte de mi cerebro. O de mi corazón. He dedicado algunos ratos hasta altas horas de la madrugada a escribirles, y a leer lo que me cuentan. Hemos vuelto a reirnos juntos de cosas que nos hicieron mucha gracia hace ya tantos años.  Y he llorado. Sí, he llorado al reconocerlos y al reconocerme en ellos. Al constatar algunas ausencias. Al constatar así, de golpe y porrazo, que han pasado 40 años de vida.

Y he recordado cómo vivíamos entonces. Cómo era yo con 15  y con 20 años. Y me ha venido a la piel aquella mezcla de miedo y de ilusiones compartidas. El régimen daba sus últimas dentelladas, agonizante, al tiempo que lo ataba y bien ataba todo en previsión de la más que cercana muerte del dictador. Miedo. Eso era lo que querían que tuviéramos. Miedo a todo. Aunque lo llamaban respeto. Nuestros mayores venían de una larga y oscura noche,  y nos lo transmitieron hasta con la sopa (en la leche templada y en cada canción que dijo Serrat).

Sin embargo recuerdo que el miedo no nos paralizó. Las ansias de libertad pudieron más que cien mil grises y sotanas armados de porras y crucifijos. Contra palos y amenazas de condenación eterna tuvimos la suerte de vivir un momento histórico en ese instante de nuestras vidas en que todo se conjuraba a nuestro favor. Éramos jóvenes y la primavera estallaba en España tras tan largo invierno.

Cayó la dictadura. Contribuimos a la llegada de la democracia. Y creímos que la guerra se había ganado. Criamos a nuestros hijos convencidos de que todo sería mejor para ellos porque tenían la suerte de haber nacido en un mundo libre.

Luego vino la incorporación a Europa. Y nos sentimos europeos. Y viajamos. Hemos viajado lo que nuestros padres no pudieron. Y el boom económico. Los españolitos ya no éramos los pobres del sur que se tenían que buscar la vida en el norte. Los emigrantes regresaron. Y empezaron a llegar inmigrantes. Y nos creímos los reyes del mambo.

Nuestros hijos podrían ser lo que quisieran. Los educamos en el convencimiento de que estudiar era la mejor forma de prepararse para el futuro. Han aprendido idiomas, se han formado y han viajado más que nosotros. Han mamado los valores de igualdad de género, de respeto y fomento de la solidaridad … Y son la generación con más títulos universitarios y más formada que nunca antes hubo en nuestro país.

Pero son la juventud con mayor índice de paro de Europa. Se están marchando a trabajar en Alemania, Suiza, Francia o la Gran Bretaña como antes lo hicieron nuestros padres, tíos y abuelos.

Así que ahora, tras cuarenta años, vuelvo a ver que los jóvenes tienen tanto por lo que luchar como nosotros en aquel entonces. O más. Y a mis años me aterra sólo una cosa: comprobar que los gobernantes de hoy sí están consiguiendo paralizar a la sociedad civil a base de miedo.

Nosotros teníamos, en general, poco que perder y mucho que ganar.

Hoy tengo la impresión que la batalla es más por intentar conservar, por perder lo menos posible. Por un “virgencita que quede como estoy”. Hemos llegado a unos niveles de consumo que nos han convertido en esclavos de nuestro “aparente” bienestar. Y los derechos sociales (educación, sanidad, libertades…) que tanto costó conseguir están siendo destrozados con excavadora como solución para satisfacer a los “mercados”.

Y no reaccionamos porque estamos atenazados por el miedo. Miedo a que sea peor si no hacemos lo que nos dicen.

Nos han convencido de que no hay otra salida. Y somos marionetitas que se quejan por las redes sociales, que hacen chistes y se ríen de gobernantes, financieros y burócratas que nos están hundiendo cada vez más en la miseria. Nos conformamos con que cada viernes los tajos del Consejo de Ministros no nos lleguen a nosotros. Asumimos que hay que recortar, mientras no nos toque directamente. Lo malo es que ya nos toca a todos. Pero estamos anestesiados.

Desde aquél niño, desde aquel joven que fui, han pasado muchos años. Y hasta hoy me he sentido en general satisfecho de mi aportación, una entre millones, al bienestar que habíamos conseguido. Hasta hace bien poco estaba moderadamente satisfecho de mi paso por este mundo. Pero empiezo a pensar, si esto sigue por los derroteros que lleva, que nuestros hijos bien podrán acusarnos de dejarles un mundo mísero, peor incluso que el que heredamos. Difícilmente podrán alcanzar siquiera el nivel de vida y los servicios públicos de los que hemos llegado a gozar nosotros.

Y esto sólo podrá revertirse si, y solo si, los ciudadanos tomamos conciencia de tres cosas:

1) Que la fuerza de los poderes que nos machacan es mayor cuanto mayor es nuestro miedo.

2) Que es mentira que haya una única solución para atajar los problemas de nuestro país y/o de Europa. Y mucho menos que la solución sea la asfixia a la que nos están sometiendo. Hay otras soluciones y hay que exigirlas.

3) Que toda esta crisis es una gran estafa a gran escala y que nos estamos dejando estafar.

Así que no me ha venido mal echar este vistazo al retrovisor. Recordar de donde venimos. Y seguir mirando al frente con energías renovadas. Porque aunque me hago viejo, soy consciente de que si no hacemos algo seremos responsables de permitir que les roben el futuro a nuestros hijos, a nuestros nietos y a los nietos de nuestros nietos. Y no estoy dispuesto a cargar con eso.

Pero vosotros,  jóvenes que hoy tenéis 20 o 30 años,  si no alzáis vuestra voz, si no os plantáis frente al poder y le demostráis que no le tenéis miedo, si al grito de basta ya no exigís un cambio de rumbo, entonces… Entonces vosotros también seréis en parte responsables de la miseria que os va a tocar vivir.